La casa de Bernarda Alba: ocho años de luto y una puerta cerrada

Mujer mayor vestida de luto, apoyada en un bastón junto a una reja, con cuatro jóvenes de negro al fondo en un patio andaluz encalado

Reseña de La casa de Bernarda Alba, la última obra de Federico García Lorca: cinco hermanas encerradas, un pueblo que vigila y un pretendiente que nunca aparece en escena.

Mucha gente guarda de esta obra el recuerdo de una lectura obligatoria del instituto: el bastón, el luto, las hijas encerradas. Releída fuera de clase, sorprende lo poco que tiene de ejercicio escolar y lo mucho que tiene de thriller. Todo ocurre en una casa, en tres actos, con un crescendo que no afloja.

Bernarda Alba entierra a su segundo marido y anuncia el programa de los próximos años: ocho de luto, durante los cuales el aire de la calle no entrará en su casa. Dentro quedan cinco hijas, de veinte a treinta y nueve años, una criada que sabe demasiado y una abuela a la que mantienen encerrada porque dice en voz alta lo que las demás callan. El equilibrio se rompe cuando aparece un pretendiente para la mayor, que es la única con herencia propia, y las demás empiezan a mirar hacia la misma ventana.

Lo más interesante es que ese pretendiente, Pepe el Romano, no pisa el escenario ni una vez. Se le oye llegar, se habla de él sin parar, se discute a qué hora se marchó, pero nunca se le ve. La decisión convierte el deseo en un rumor que circula por la casa y deja todo el peso del conflicto sobre las ocho mujeres que sí están. Pocas obras han sacado tanto partido a una ausencia.

Lorca la subtituló «drama de mujeres en los pueblos de España» y la presentó como un documental fotográfico, algo que se nota: apenas hay aquí verso ni metáfora deslumbrante, sino paredes blancas y frases cortas como golpes. Es su obra más seca y seguramente la más eficaz. La tensión no la crea una trama complicada, sino el calor, el silencio obligado y la certeza de que alguien está escuchando siempre detrás de una puerta.

Y ahí está lo que la mantiene incómodamente viva. La casa de Bernarda no es una prisión de rejas: es un sistema de vigilancia en el que cada mujer controla a las demás para que el pueblo no tenga nada que contar. Las hermanas se delatan entre sí; la criada acumula información como quien guarda munición; la madre no manda tanto por autoridad propia como por miedo a la mirada ajena. Cualquiera que haya visto cómo funciona hoy la reputación en una pantalla reconocerá el mecanismo. Cambia el instrumento, no la lógica: lo que importa no es lo que se hace, sino lo que se sabe.

Conviene recordar cuándo se escribió. Lorca terminó la obra en junio de 1936, dos meses antes de ser asesinado al comienzo de la Guerra Civil. No llegó a verla representada; el estreno tuvo lugar en Buenos Aires en 1945, con Margarita Xirgu. Leerla sabiendo eso añade una capa difícil de ignorar, aunque la obra se defiende perfectamente sola.

No todo está igual de afinado. El simbolismo se vuelve explícito en algún momento, sobre todo con la abuela y su cordero, y el caballo que golpea los muros subraya lo que la escena ya había dicho mejor. Dos de las hermanas, Magdalena y Amelia, apenas existen como personajes al lado de Adela y Martirio, que son quienes sostienen el pulso. Son peajes menores en una obra de apenas ochenta páginas.

Se lee de una sentada, en voz alta si se quiere, y el final llega con una violencia que ningún resumen escolar prepara. Lo que queda después no es la tragedia en sí, sino lo que Bernarda hace con ella: el último gesto de la obra consiste en imponer, otra vez, el silencio.


La casa de Bernarda Alba (Federico García Lorca)

uno de esos clásicos de la literatura española que merece la pena leer al menos una vez en la vida. Una obra breve, intensa y profundamente humana que, a través de la historia de una familia dominada por una madre autoritaria, explora la libertad, la represión, las apariencias sociales y los deseos que nadie se atreve a expresar.

Escrita en 1936, conserva toda su fuerza y actualidad. Su lenguaje, sus personajes y la tensión que crece página tras página hacen de ella una lectura inolvidable. Una elección excelente para quienes desean descubrir los grandes clásicos españoles o reencontrarse con una de las obras maestras de nuestro teatro.

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Sobre el autor

Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, Granada, 1898 – 1936) fue poeta y dramaturgo, y una de las figuras centrales de la generación del 27. Escribió Romancero gitano y Poeta en Nueva York, y para el teatro Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Fue asesinado cerca de Granada en agosto de 1936, al inicio de la Guerra Civil, y sus restos nunca se han encontrado. Mario Camus llevó esta obra al cine en 1987, y el teatro la repone sin descanso en todo el mundo.


Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, con otra madre empeñada en casar a cinco hijas, aunque con bailes en lugar de luto, y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, otro pueblo del que nadie parece poder salir.