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Orgullo y prejuicio: la comedia que se esconde detrás del romance

  • Mujer con vestido de época regencia leyendo una carta junto a un muro de piedra, con un hombre de levita observando desde un camino rural

Reseña de Orgullo y prejuicio, la novela de Jane Austen que, más allá del romance, es una comedia afilada sobre el dinero, el matrimonio y los juicios precipitados.

Pocas novelas cargan con tanto equipaje como Orgullo y prejuicio. Dos siglos de adaptaciones, tazas estampadas con frases de Jane Austen y comedias románticas que la imitan han fijado la imagen de una novela de salón, con bailes, miradas y un final previsible. La imagen no es falsa, pero deja fuera lo esencial: se trata, ante todo, de una comedia, y de una bastante afilada.

El punto de partida es sencillo. La señora Bennet tiene cinco hijas solteras y una obsesión: casarlas. No es un capricho. La casa familiar solo puede heredarla un varón, así que, cuando muera el padre, pasará a un primo lejano y las hijas quedarán sin techo ni renta. Elizabeth, la segunda, conoce en un baile al señor Darcy, rico, altivo y convencido de que nadie en la sala está a su altura. La antipatía es inmediata y mutua. Lo que sigue es la historia de dos personas que tardan cientos de páginas en reconocer que se habían juzgado mal. No en vano, el primer título que Austen pensó para la novela fue Primeras impresiones.

El gran hallazgo es la voz. Austen fue una de las primeras novelistas en dominar el estilo indirecto libre, un recurso en el que el narrador se desliza en los pensamientos de un personaje sin anunciarlo. El lector ve el mundo con los ojos de Elizabeth y, a la vez, intuye sus errores. Ella es lista, divertida y rápida en las réplicas, y precisamente por eso resulta tan convincente cuando se equivoca. La novela se ríe con ella y, a ratos, de ella.

Bajo las conversaciones ingeniosas late una cuestión muy material: el dinero. Charlotte Lucas, amiga de Elizabeth, acepta casarse con un clérigo ridículo, el mismo primo que heredará la casa de los Bennet, porque a los veintisiete años y sin fortuna el matrimonio es su única seguridad. Austen no la juzga; deja que su decisión incomode. Esa franqueza sobre lo que costaba ser mujer y no tener renta impide que la novela envejezca como un simple cuento romántico.

Su descendencia es inmensa. El diario de Bridget Jones, de Helen Fielding, traslada la trama al Londres de los noventa y hasta bautiza a su galán como Mark Darcy. La fórmula de los enemigos que acaban enamorados, omnipresente hoy en la novela romántica y en las recomendaciones de las redes sociales, tiene aquí uno de sus modelos más logrados. Conviene, eso sí, separar el libro de sus versiones: la célebre escena de Colin Firth saliendo de un lago con la camisa empapada, en la serie de la BBC de 1995, no aparece en ninguna página de la novela.

Hay otra conexión menos evidente, que lleva a La casa de Bernarda Alba. También Lorca pone en escena a una madre y cinco hijas cuyo destino depende del matrimonio. Lo que en Austen se resuelve con ironía y bailes, en Lorca se convierte en encierro y tragedia. Leídas juntas, las dos obras muestran dos caras del mismo problema: una a la luz del salón y otra a puerta cerrada.

No todo mantiene el mismo nivel. En el tramo final, un escándalo familiar se resuelve gracias a una intervención providencial que ocurre casi por completo fuera de escena, y la tensión se relaja justo cuando más interesaba. Algunos secundarios, empezando por la propia señora Bennet, no pasan de caricatura, por divertida que resulte.

Aun así, pocas novelas de hace dos siglos se leen con tanta fluidez. Las frases son largas pero claras, los diálogos tienen ritmo de comedia y los capítulos, breves, empujan a seguir. Y deja una lección que su fama tiende a ocultar: la primera impresión casi nunca es la última, tampoco con Jane Austen.

Sobre la autora

Jane Austen (Steventon, Inglaterra, 1775 – Winchester, 1817) escribió seis novelas completas. Las cuatro que vio publicadas salieron sin su nombre: Orgullo y prejuicio apareció en 1813 firmada solo como «la autora de Sentido y sensibilidad». Murió con cuarenta y un años, sin conocer la fama que llegaría después. Hoy su retrato figura en los billetes de diez libras, y sus novelas no dejan de adaptarse. Para muchos lectores jóvenes, la película de 2005 con Keira Knightley ha sido la primera puerta de entrada al libro.